El siglo de Julio Denis: lecturas cursis y lecturas incómodas

26 agosto 2014 / 23:21

El protagonista de El vano ayer es un profesor universitario llamado Julio Denis. Pocos lectores han reparado en este nombre y apellido, Julio Denis. Algunos han creído en la existencia real, histórica, de Julio Denis, lo cual no sé si dice más de la potencia verosímil de la novela, o de la credulidad con que los lectores se enfrentan a la lectura de ficción. Hay quienes creen que existió un Julio Denis, y hasta habrá alguno que crea recordarlo, o que diga que lo conoció en vida, que fue alumno suyo, pues en ocasiones, y no hace falta llegar a extremos quijotescos, interiorizamos, hacemos propias las lecturas, incorporamos personajes a nuestra vida, intoxicamos nuestros recuerdos personales con nuestros recuerdos de lecturas.

En cualquier caso, pocos han reparado en la singularidad de ese nombre. Elegir ese nombre, Julio Denis, era un guiño a lectores cortazarianos, lectores muy cortazarianos, y éstos sí lo han reconocido. Se trata, en efecto, del seudónimo con el que Julio Cortázar firmó su primer libro de poemas, Presencias, en su juventud. Además de un guiño para iniciados, es un modestísimo homenaje a uno de mis más tempranos referentes literarios, el francoargentino Julio Cortázar. Si bien debo reconocer que ya no leo su obra con la misma fascinación con que la descubrí hace años, sí me sigue interesando.

Quiero referirme brevemente a Cortázar en este discurso de agradecimiento. Precisamente en estos días, cuando acaba de morir un gran escritor y crítico, y uno de los mayores cortazarianos, Saúl Yurkievich.

Yo creo que Cortázar sigue siendo un autor fundamental, y uno de los más influyentes. Sin embargo, desde hace unos años, según es más lejana la fecha de su muerte, vemos cómo la figura de Cortázar va perdiendo algo de brillo. La culpa es de sus partidarios tanto como de sus detractores. Los primeros, porque se han acomodado en un Cortázar de andar por casa, un peluche literario, una mitología floja y casi adolescente, una fascinación a la que seguramente contribuyó el propio Cortázar en vida, y que provoca el desinterés de quienes aún no conocen su obra, y la vergüenza de quienes lo hemos leído y ahora lo vemos en manos de mitómanos de medio pelo. Los segundos, los detractores, vienen haciendo su trabajo poco a poco, intentando erosionar el prestigio que consiguió en vida.

Es habitual escuchar opiniones de cierto menosprecio hacia la obra de Cortázar. Se trata a veces de escritores, en algunos casos escritores en cuya obra es reconocible la influencia cortazariana, y que sin embargo se alejan de él, se lo sacuden como caspa de los hombros, quite, quite, Cortázar no es para tanto, yo no tengo nada que ver, mis maestros son otros.

Como tasadores, nos dicen que está sobrevalorado, que es correcto pero no más. Y consiguen que, quienes aún estimamos la obra de Cortázar, lo digamos casi en tono de disculpa, como un pecadillo juvenil, como un capricho, una ordinariez. Yo mismo, al leer este discurso, lo hago con cierto temor, a la espera de que mañana digan “vaya, miren a quién le dieron el Rómulo Gallegos, un tipo que todavía no ha salido de Cortázar”. O me indulten por mi juventud, y dirán que es que aún no pasé el “sarampión Cortázar”.

En algunos casos el menosprecio viene de escritores jóvenes, que tal vez participen de ese esnobismo juvenil de quienes pretenden construirse un lugar propio mediante el derribo de las estatuas de sus padres, de sus padres literarios en este caso. Pero en ciertos casos, me temo, lo que hay detrás es una forma tardía y rastrera de pasar factura a Cortázar por su compromiso político, tan incorrecto hoy en día.

Por ejemplo, uno de los libros más interesantes de Cortázar, que además fue, según creo, finalista del Rómulo Gallegos, es el Libro de Manuel. Se trata del intento más evidente, pero también más logrado, de aquello que Carlos Fuentes (otro Premio Rómulo Gallegos, por cierto) definió como el intento de conducir con una sola mano dos caballos: el estético y el político.

En efecto, es el libro más abiertamente político de Cortázar, y no por ello deja de ser una interesante novela, una escritura innovadora, en la que están presentes, incluso en mayor medida que en otras obras, los elementos característicos de la obra cortazariana.

Sin embargo, es considerada por los críticos, antólogos y periodistas culturales como una obra menor en la narrativa de Cortázar. Un juicio que, me temo, tiene más que ver con su contenido político que con sus virtudes literarias. De hecho, pocas de esas opiniones argumentan algo por el lado literario, sobre sus características narrativas, sino que más bien acentúan el lado político, considerándola “ingenua”, “panfletaria”, “izquierdista”. Es un libro incómodo, en su tiempo lo era, y lo sigue siendo.

Fragmento del discurso de Isaac Rosa al recibir el Premio Rómulo Gallegos (2005).

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