Alquiler

30 junio 2011 / 02:59

Ella acaba de entrar en el recibidor. Viene de la oficina. Trabaja allí desde hace tres meses. Por ahora ha firmado un contrato de seis. Él se está preparando el desayuno en la cocina. Un zumo de naranja, tres naranjas de zumo. Con menos el zumo queda mal. Son las cinco y media de la tarde.

– ¿Qué tal? –ella.

– Todo bien –retira la piel de media naranja del exprimidor- ¿qué tal tu mañana?

Se besan.

– Bien. Voy a quitarme estos zapatos, que me tienen muerta –se dirige a la habitación de él a la pata coja por el pasillo, con un zapato de la mano y quitándose el otro de varios intentos-. ¿Me preparas uno a mí?

– Claro, un minuto.

– Pues… ¿sabes? Me acabo de encontrar con tu casera en las escaleras. Salía de su piso de aquí abajo. Es muy maja –desde la habitación de él.

– Majísima –da un trago a su zumo y deja el vaso sobre el fregadero-, ¿te conoce?

– Claro.

– Y ¿qué ha dicho?

– Dice que soy muy mona –sonríe y se baja sus vaqueros ajustados-, que hacemos muy buena pareja.

Él abre el frigorífico, pone los brazos en jarras y se acaricia la espalda. Ayer estrenó el pantalón de pijama a cuadros que lleva puesto. Fue un regalo de ella. Antes era su madre quien se encargaba de esas compras. Busca naranjas. Encuentra solo dos naranjas pequeñas.

– Por cierto, este jueves ya tienes que pagarle el alquiler, ¿no?  –ella, descalza y con una camiseta blanca de manga corta entra al cuarto de baño. Saca de su bolso un bote de crema hidratante.

– ¿Ha dicho algo de eso? -suena el motor del exprimidor.

– No. Qué va –murmura con el rostro rodeado de crema.

Un minuto. Él tira al cubo de la basura la última piel de naranja. La de la cuarta mitad exprimida. Su basura está llena de pieles de medias naranjas. En un lado del cubo hay también, rodeadas de medias naranjas inaguantables, las dos mitades de la piel de un limón recién cortado.

– ¿Le echo azúcar al zumo?